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El día de hoy es común escuchar el nombre de grandes editoras de revistas enfocadas a la moda y un millón de ideas no llegan a la cabeza, desde Anna Wintour hasta los editores de las publicaciones más independientes de cultura joven; el editor en jefe se ha convertido en un puesto que viene acompañado de la atención del público; le guste a quien le guste, le pese a quien le pese.

Pero esto no inició de la nada; una mujer que en su momento fue calificada de ser una diva por su comportamiento excéntrico y su aguda visión para la moda estaba a punto de cambiar el mundo editorial de la moda, al punto que los fanáticos de la alta costura le deben la creación de eventos como la MET Gala.

Diana Vreeland, una de las jefas editoriales de moda más aclamada hasta la fecha, de un origen clase mediero y con ciertos lujos, desde pequeña se interesó por los temas relacionados al estilo y cultura; comenzando en la revista Harper`s Bazaar; dio un giro a las revistas de moda, tornando lo excéntrico y escandaloso (para esa época) en algo atractivo para los lectores, rodeada de jóvenes fotógrafos y diseñadores (la mayoría de ellos sin estudios formales y de orígenes humildes) renovó por completo el periodismo de cultural.

Para el año de 1963 toma la dirección de Vogue América (Estados Unidos) y con ello comienza una nueva etapa en su vida como editora; molesta por cómo se trataba a las mujeres en dichas publicaciones decide cortar de tajo con esos clichés; elimina secciones donde se daban consejos para ser una buena esposa o donde se daban tips que sólo promovían el machismo, sustituyéndolas por secciones de cultura y política; ella profesaba que todas las personas deben tener acceso a esos temas y dejar de lado las anticuadas notas rosas.

Su labor no termina en el mundo editorial. Vreeland, quien jamás se dejó ofender por las críticas, ya en la plenitud de sus 60 años de edad era una asidua asistente al Estudio 54 y “The Factory” siendo ella misma quien apadrinó en su momento a personalidades de la talla de Andy Warhol, Angelica Houston, Cher y Twigy; personas que lograron cautivar a Diana por sus actitudes y su “belleza extraña” la cual fascinaba a esta editora; haciendo siempre que los “defectos” (que en aquella época no encajaban con los estándares estéticos) se convirtieran en lo más destacado de las modelos, un ejemplo de ello son las portadas de Vogue donde Cher presume su largo cuello, o Houston su nariz poco afilada.

Diana Vreeland y Andy Warhol.

Fascinada por temas como la pornografía, el barroco, las cirugías estéticas y la diversidad sexual y de género quedó encantada por los entonces blandos proyectos de un joven Warhol, a quien se encargaría de impulsar como artista, por la calidad de sus obras y por la gran empatía que sentían Diana y Andy por la homosexualidad; otro de estos casos es el de David Bowie, el concepto andrógino y que rompía con la rígida norma de los dos géneros que este sistema nos impone le fascinó a D.V. desde el primer momento, al punto de conseguir grandes oportunidades artísticas para Bowie y salir con él constantemente a centros nocturnos.

Junto a fotógrafos como David Bailey, sería la encargada de publicar las primeras fotos de los Rolling Stones y The Beatles antes siquiera de que estas bandas fueran famosas y reconocidas.

Para 1971 Vreeland sería despedida de Vogue debido a diferencias con el director de Conde Nast, pero tomaría un rumbo nuevo como directora del Instituto del vestido del MoMa de NY (comisión encargada de preservar prendas de vestir históricas), reinventando esta vez las curadurías de arte, sacando las prendas de sus urnas de acrílico y montándolas en maniquíes color neón, pintando las paredes de las exposiciones de colores pastel y poniendo esencias aromáticas en la ventilación para crear una atmósfera y siempre con su épica frase: “Si una niña de 8 años del Bronx viene a esta exposición y no entiende de qué trata estoy perdiendo mi tiempo” en su afán de hacer que la cultura sea para todas y todos.

Si bien Diana Vreeland parecía ser una socialité, la mayor parte de su tiempo disfrutaba de ir a los cines del Bronx y de Queens, en plena zona roja de Nueva York, lugares donde conocería a grandes talentos de la fotografía, el diseñadores de indumentarias y demás artistas emergentes, donde una vez más su generosidad y buen ojo saldrían a relucir, en su afán de acercar la cultura a todas las personas y de paso tratar de romper con los rancios cánones estéticos y de género que tanto repugnaba hasta su último día de vida, el 22 de agosto de 1989, fecha en la que falleció con 89 años de edad.

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